Los invitamos a leer la contribución que hizo Andrés Palma, Gerente General de TIRONI Perú, a “El Post”.
Por Andrés Palma, Perú.- Gabriela es chilena, antropóloga de profesión y por estos días cumple 40 semanas de gestación; el nacimiento de su primer hijo es inminente. Manuel es su esposo, limeño, informático de profesión; y juntos han decidido que el nuevo integrante de la familia se llame Santiago.
Con Gabriela y Manuel somos amigos desde hace poco más de un año, casi el mismo tiempo que vivo en Lima. Nos conocimos por twitter y hemos desarrollado una amistad que ha sobrevivido a los problemas de agenda, los atascos del tránsito y un sinfín de anécdotas de la vida cotidiana.
Santiago tendrá madre chilena y padre peruano. Su DNI será celeste-oscuro, emitido por el Reniec (el Registro Civil nacional) y, entre otras cientos de cosas más urgentes, me temo que deberá aprender a convivir con bromas –algunas más graciosas que otras- sobre la mitad de su sangre que es de origen mapocha.
¿Qué sociedad estamos construyendo para Santiago y para los otros niños que están creciendo en ambos lados de la frontera, de padres de ambas nacionalidades? A raíz de la polémica con la comunidad Bora de Loreto y los programas de farándula de Chile, me temo que no tenemos una respuesta alentadora. O al menos, habría que decir que este tipo de incidentes consiguen malograr gestos de entendimiento que se construyen con tanta delicadeza y alturas de mira, como el Llamado a la Concordia de Mario Vargas Llosa y Jorge Edwards (yo ya firmé, ¿y usted?).
Beto Ortiz (@malditaternura), incisivo periodista peruano, lo ha calificado de “alarde de ignorancia que da vergüenza ajena” y el país entero lo entiende como una ofensa al Perú en su conjunto, más allá de lo que efectivamente se conozca de la etnia en alusión. Es que ha sido la suma de todos los males posibles, la confirmación de que los chilenos somos torpes socialmente, ignorantes y prepotentes: todo aquello que corresponde al estereotipo chileno, se ha hecho realidad, una vez más de manera inapelable.
Ya mucho se ha escrito sobre qué se dijo, no se dijo, se intentó decir y no se entendió. Lo relevante ahorita sería hacer un análisis postmortem y ver qué tenemos que aprender para no reincidir en el futuro (o al menos impedir que siga ocurriendo con tanta frecuencia y severidad).
No quiero ser como el Padre Gatica, como esos colegas periodistas que escriben escandalizados sobre “el flagelo de la marihuana” o las “delirantes noches de alcohol de los adolescentes”, siendo que en su pasado ellos fueron los protagonistas de historias así.
Así que lo confieso, sin pudor: me gustan los programas de farándula; a pesar de estar fuera de Chile, veo Primer Plano todos los viernes. Habiendo dicho eso, creo que la globalización desató el “escándalo de la semana” (parafraseando al panel de ese show) y que esa misma plataforma mundial nos enfrenta a aquello de lo cual nunca nos hemos querido hacer cargo. Es decir, es hora de superar el vicio nacional de ridiculizar y simplificar las realidades distintas, sin mayor argumento que la sensación que nos provocan y siempre sometiéndolas a la comparación con el subjetivo estándar chileno de “superioridad” (usted póngale el apellido que desee: económica, étnica, cultural, urbana, en fin).
Qué contradicción más profunda es la que nos revela el incidente farandulero: nos obsesionamos con querer ser un país desarrollado, de primer mundo, sofisticado. Y cuando la globalización nos permite explorar nuevas culturas, se desata nuestro gen más aislacionista y primitivo: la mofa y la burla para construir una falsa sensación de superioridad, que no se sustenta en ningún hecho objetivo, sino que en meras percepciones.
No es algo que haya estado dormido; de ninguna manera. El mismo tono “compasivo” usado con los charapos lo he percibido de los santiaguinos hacia las regiones. Tal vez el progreso económico ha ido borrando las diferencias entre capital e interior; pero seguimos los de regiones siendo sometidos a la mirada dulce y encantadora del santiaguino que no desea un mall en la capital provincial de Chiloé para no estropear la postal típica de los palafitos o de aquel editor de un diario nacional que llamaba “el diario de los huasos”, a la edición de distribución nacional de su periódico.
En segundo lugar, es hora de que nos hagamos cargo que las relaciones entre chilenos y peruanos siempre estarán cargadas del componente histórico que se hace innecesario recordar en esta ocasión y que puede distorsionar hasta el más inocente de los mensajes. Por lo tanto, no podemos soslayar el hecho de que cualquier gesto, acción o declaración emitida desde Chile hacia Perú debe considerar la intención manifiesta de toda intención de insultar o agredir.
Puede sonar redundante, pero desafortunadamente la historia está cargada de pequeños y grandes malentendidos. Y se hace cada vez más difícil explicarle a los amigos que son incidentes aislados, aventuras temerarias de mentes afiebradas e ignorantes que no representan el sentir general.
Mientras escribo pienso en Marita y Lucho, un matrimonio arequipeño que generosamente me ha abierto las puertas de su casa de San Miguel; en Angélica y Jose, una pareja peruano-española con la que no nos vemos todo lo que quisiéramos; en el señor Chang, un ingeniero que tiene poco de peruano porque fue formado en la frontera de EE.UU y Canadá; pero que cuando me quiere fastidiar insiste en reclamar con una sonora carcajada: “devuélvannos Arica, mapochos del carajo”. A todos ellos se me hace imposible decirle que lo de la Comunidad Bora es producto de la ignorancia individual, porque de inmediato hilarán con el incidente de la “causa chilena” que un chef de Santiago pretendió llevar a un evento gastronómico en el Medio Oriente, ocurrido hace apenas un año, con la idea del pisco chileno, y con tantos otros más.
Hablo desde la particularidad, es cierto; pero creo reflejar un sentimiento que muchos compartirán. Es hora de comenzar a construir una relación de buena vecindad, consciente de la carga negativa que pesa sobre nuestras cabezas. Los amigos se lo merecen. Los peruanos y los chilenos, en general se lo merecen.
Pero sobre todo, Santiago y todos los niños “binacionales” necesitan un mundo mejor, sin tanto prejuicio ni numeritos como el de esta semana.




