NO: Tan lejos, tan cerca

Por Daniela Ruz, Chile.- Tuve la suerte de ver “No”, de Pablo Larraín en primera fila y pronto.

Si bien no tenía una expectativa clara de lo que iba a encontrar, No me encantó (es decír, sí, me encantó) y me sumé gustosa a los aplausos que hubo al final. La encontré relevante, bonita, emotiva y graciosa, elemento que no esperaba encontrar.

Pero más allá de la película en sí misma, “No” resultó ser una ventana a un pasado reciente que me tocó vivir como experiencia infantil y que la película me dio la invaluable oportunidad de revivirla como adulto.

Para el plebiscito yo tenía 7 años y vivía fuera de Chile, donde nací durante el exilio de mis padres. Así, el plebiscito puede ser uno de los eventos históricos, junto con el mismo golpe, que más marcó mi historia personal, y extrañamente, en ninguno de los dos casos estuve ahí para vivirlo en primera persona. Tengo algunos recuerdos de los eventos que se desencadenaron esos años, aunque desde la experiencia de hechos importantes que sólo pasaban e importaban en mi casa, mientras pasaban desapercibidos  para la sociedad en la que vivía.

Me ha sido especialmente emotivo completar esos recuerdos con la experiencia de los que estaban en Chile. Bien me podría haber puesto a llorar en un almuerzo en que descubrí que mis tíos y primos recordaban claramente dónde estaban el día en que leyeron en el diario el nombre de mi papá en el listado de personas autorizadas a retornar. También recordaban que mi abuelo al saberlo se paró de la mesa y se fue  a llorar solo a la pieza, como jamás se había visto. Esos momentos en los que yo estaba a miles de kilómetros de distancia en realidad forman parte importantísima de mi historia de vida y ha sido valioso y sanador poder recuperarlos.

Algo parecido me pasó con “No”. Casi 25 años después me da la oportunidad de ver a través de personajes, situaciones, diálogos concretos, tras bambalinas del logro que vino a cambiar la vida de todos. El hecho que el protagonista precisamente sea un joven que estuvo exiliado en México, como yo, me hizo identificarme con muchos diálogos que yo misma tuve durante los años 90 y que ya casi había olvidado.

Recuerdo que era complicado decir que volvía del exilio de mis padres. No todas las veces se recibía una buena cara, y mi relación con la palabra en sí misma era compleja. Al mismo tiempo, existía un cierto sentido de grupo solidario entre la gente que había pasado por algo similar, el cual lo grafica perfectamente la película cuando al joven publicista le dicen “yo conozco bien a tu padre”. Esa misma frase la escuché varias veces en mis intentos adolescentes de ingresar a política y siempre sentí que si bien era acogedor, también marcaba.

Esos sentimientos dormidos que despertó “No” en parte me muestran que Chile ha cambiado. Ahora soy capaz de decir delante de cualquier persona que mis padres fueron exiliados sin temer una mala respuesta. Y si alguien me dice que conoce a mi padre casi siempre es por su trabajo en los últimos años. Tal vez por eso había preferido esconder un poco esos recuerdos.

Pero al mismo tiempo, el Chile que muestra parece cercano. Al haber sido testigo, los movimientos sociales del 2011 me parecieron de una u otra manera identificables en la película. Por supuesto no están ahí, pero hay algo que parece bastante familiar. Incluso el cierto sentido de  frivolidad que deja la última escena también es indentificable con el Chile de hoy, y es tal vez ese cierrre con estética que resulta demodé el que mejor grafica que la realidad que muestra No aunque está lejos, está también muy cerca de lo que hoy somos.

Más allá del aprendizaje, y en cierta forma el homenaje que realiza, en torno a la creación de la campaña en sí misma y cómo la historia se puede cambiar de formas inesperadas, No te fuerza a pensar en cómo ha cambiado Chile, en cómo hemos cambiado nosotros mismos, en analizar como adultos, como profesionales un evento que vivimos desde la distorsión de la realidad que produce la infancia. Y eso me hizo salir tremendamente agradecida de esa sala.


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